El Americanismo y El Caso de la ‘Herejía’ en Boston

El Americanismo y El Caso de la ‘Herejía’ en Boston

Extra Eclessiam Nulla Salus.

Por Luis Alvarez Primo

 

Introducción

Desde fines del siglo XV hasta 1822 España envió al territorio americano dieciséis mil misioneros pertenecientes a diversas órdenes religiosas: franciscanos, dominicos, jesuitas, agustinos.

En 1528 el sacerdote franciscano Fray Juan Juárez fue designado Obispo de Florida (Estados Unidos) (descubierta 15 años antes por Juan Ponce de León el domingo de Pascua de 1513, llamado entonces “Domingo de Pascua Florida”, de ahí el nombre de la actual Florida). De los 116 mártires en territorio norteamericano cuyos procesos de canonización se han iniciado en Roma, el fraile franciscano Juan de Padilla fue asesinado en el territorio hoy llamado Kansas en el centro de los Estados Unidos. La primera ciudad fundada en los Estados Unidos en 1565 lleva el nombre de San Agustín, así llamada por su fundador el Adelantado Pedro Menéndez de Avilés porque en el día del gran santo obispo de Hipona avistó la península en la cual hoy se halla situada. La Real Ciudad de Santa Fe fue fundada en 1609 en New México por Pedro Peralta.

Toda la inmensa actividad civilizadora y evangelizadora católica española (Mons David Arias. Spanish Roots of America. Our Sunday Visitor, 1992) tuvo lugar en territorio norteamericano mucho antes que el arribo de los Pilgrim Fathers a Plymouth, Massachussets, en 1620 y su primer contacto con los nativos. De ahí en más la historia cambia y se complica la misión civilizadora y evangelizadora católica. Los calvinistas, hugonotes, y protestantes ingleses no harán más que impedir, obstaculizar y destruir tan magna obra. Así, por ejemplo, en 1704, el gobernador inglés de Carolina del Sur, Moore, condujo una expedición militar contra la Misión Apalache en Florida, capturando y ejecutando a tres sacerdotes franciscanos y con ellos a 800 indios convertidos al catolicismo.

Para los secularizados hombres de occidente hoy resulta difícil comprender la fe en Cristo y la convicción con que aquellos hombres asumían la misión salvadora de la Iglesia.

Esta breve introducción se justifica para dar una idea del modo en que el dogma Extra Eclessiam nulla salus gravitó en otro tiempo en la Fe y en el celo evangelizador de los católicos. En la historia posterior de los Estados Unidos se impondrán políticamente hombres dominados por el deísmo masónico y el iluminismo en una línea revolucionaria anticristiana que arranca con la Reforma protestante y se consolida con la influencia de la Revolución Francesa y de Thomas Payne, hasta quedar instalado el liberalismo masónico como una religión de Estado (Wiker, Benjamin, Ph.D. Worshiping the State. How Liberalism became a state religion. Regegnery Publishing Co, Washington DC, 2013). Así se introdujeron y desarrollaron las bases culturales de un neopaganismo destructor de las más altas conquistas morales y sociales cristianas. Desde esas instituciones y estructura políticas liberales dominantes en los Estados Unidos se procurará más tarde doblegar y subordinar a la Iglesia Católica en sus hombres y doctrinas, confomándose la herejía sobre la que con perspicacia advirtiera– y luego condenara– el Papa León XIII a fines del siglo XIX:  el americanismo.

La herejía americanista, “el intento de adaptación de la Iglesia al mundo y al ‘espíritu del tiempo’”, cuyos postulados son los prolegómenos del modernismo, al decir del P. Alfredo Sáenz según cita de Monseñor Pedro Daniel Martínez (Lucidez y Coraje. Homenaje al P. Alfredo Sáenz en sus Bodas de Oro sacerdotales. Gladius. Buenos Aires. 2013), está hoy más viva que nunca entre los católicos que habitan el Imperio norteamericano, es decir, no sólo en la metrópolis sino en toda su área de influencia mundial. Un sencillo ejemplo inmediato y local demuestra su alcance.

El domingo 17/07/2016 escuché a un sacerdote argentino predicar sobre el Evangelio en el cual Jesús Nuestro Señor advierte a Marta, agitada por un fárrago de actividad, que María se llevaba la mejor parte con su actitud contemplativa. El sacerdote celebrante, de perfil “conservador”, sin embargo afirmó en su homilía y nos lo confirmó luego a la salida de misa que “no hay prioridad de la vida contemplativa sobre la vida activa”; que “no hay mejor parte, que ambas deben integrarse”. Con lo cual caía en la herejía —tan próxima al americanismo– de la actividad o de la acción, condenada por Pío XII y por Benedicto XVI. A ello respondí al día siguiente con el breve mail que reproduzco en nota al pie (*)

Mons. Pedro Martínez entre nosotros ha estudiado el desarrollo histórico inicial de la herejía americanista, de raíz masónica (habría que decir con más precisión, judeo-masónica) y sus principales manifestaciones, que León XIII denunciara proféticamente en su encíclica Longinqua Oceani de 1895 y luego condenara en su carta apostólica Testem Benevolente escrita a Mons Gibbon, Arzobispo de Baltimore en los Estados Unidos, en 1899. (En el estudio de la herejía americanista habría que remontarse al puritanismo judaizado y judaizante en Amsterdam, Países Bajos, de fines del siglo XVI y principios de XVII: bajo diversas influencias rabínicas los líderes puritanos justificaban sus designios mesiánicos político-religiosos intraterrenos en los héroes y revelaciones del Antiguo Testamento y las interpretaciones cabalísticas talmúdicas) (Jones, E. Michael. The Jewish Revolutionary Spirit and Its Impact on World History. Fidelity Press. South Bend, Indiana. 2008 )

En su artículo León XIII y el Americanismo, el actual obispo de San Luis, Argentina, muestra las desviaciones doctrinales y pastorales del P. Isaac Thomas Hecker ( 1919-1888) precursor inmediato del americanismo. Este “apóstol de America” según muchos en los Estados Unidos, incluidos varios miembros del episcopado norteamericano de la época, so-pretexto de nuevos tiempos y adaptación a una sociedad plural, promovía una vida espiritual marcada decididamente por un modo de apostolado activo (hacer buenas obras) más que “pasivo” o contemplativo (oración), prescindente de la guía espiritual y la disciplina de la Iglesia; un ejercicio de las virtudes naturales —antes que las sobrenaturales– de conformidad con “las necesidades del catolicismo de la segunda mitad del siglo XIX”; una nueva espiritualidad, un apostolado y un sacerdocio nuevos , modernos,  afines a la democracia y según los métodos de la democracia liberal. El americanismo a fines del siglo XIX promovía un catolicismo que aceptara la separación Iglesia–Estado, y proclamara los valores de la solidaridad, la fraternidad y la tolerancia, dispuesto a concertar mancomunadamente con todas la religiones “la religión suprema, perfecta y universal” ( Parlamento Mundial de Religiones, Chicago, 1893, y encuentros subsiguientes para la promoción del “ecumenismo” hasta el día de hoy). Se impulsaba un catolicismo que, dejando de lado la escolástica tomista, ya no se preocupara ni ocupara de la Verdad en orden a la salvación de las almas –ni de la necesidad de instaurar todo en Cristo en el orden político social- sino que se manifestara dispuesto a adecuarse al mundo moderno, a relajar su antigua disciplina y a aceptar o ceder ante las nuevas opiniones del mundo; un catolicismo en el cual los fieles gozaran en la Iglesia de la misma libertad que tienen en el mundo y en los asuntos de orden privado. Un catolicismo, en definitiva, que evolucionara, y en el cual, en relación a la perfección de la vida cristiana se hiciera prescindible tanto la mediación de la vigilancia doctrinal y el poder de la Iglesia queridos por Dios, como el espíritu de misión y evangelización para la conversión y salvación de las almas en la única verdadera Fe, conforme al dogma Extra Eclessiam nulla salus

No obstante la condena de León XIII, el error americanista seguirá penetrando el catolicismo norteamericano y universal. Dramáticamente, ese estado de cosas se agravará después de la Segunda Guerra Mundial por la acción concertada de siniestros personajes como el sacerdote jesuita John Courtney Murray, el poderoso zar de medios Henry Robinson Luce y el agente de inteligencia de la CIA Charles Douglas Jackson bajo la dirección del todopoderoso director de la CIA Allen Dulles —quienes, en consonancia con la oligarquía plutocrática gobernante en los Estados Unidos– desarrollaron exitosamente una guerra doctrinaria encubierta a escala global—antes, durante y después del Concilio Vaticano II- para cooptar a la jerarquía de la Iglesia Católica norteamericana y universal y ponerlas al servicio del Imperio norteamericano (dominado progresivamente por los intereses sionistas y talmúdicos). Esto sólo ha quedado expuesto y probado de modo concluyente con la extraordinaria investigación de David A. Wemhoff, John courtney Murray. Time/Life and the American Proposition. How theDdoctrinal Warfare Program Changed the Catholic Church, publicada en 2015 por Fidelity Press, que reseñamos en Gladius nº 94 bajo el título “No fue el Rhin sino el Potomac el que desembarcó en el Tiber”.

En el transcurso de esa progresión de la herejía americanista (modernista) en los Estados Unidos con toda su proyección europea que, reiteramos, alcanzará su mayor éxito en el Concilio Vaticano II, hubo resistencias notables por la determinación, la santidad, el coraje, la lucidez y la entrega de sus protagonistas (Padre Francis Connell; Monseñor Joseph Fenton; Leonard Feeney). Y dolorosas y graves injusticias. O cuanto menos malos manejos.

 

II

Fue el dramático caso, de amplia repercusión, del sacerdote jesuita Leonard Feeney (1897-1978), Catherine Goddard Clarke (y los miembros fundadores del Saint Benedict Center en Boston, perseguidos —y aplastados- mediante un inicuo proceso de interdicción y dudosa excomunión promovido por el Arzobispo de Boston, Richard Cushing, por defender – “inoportunamente”- el dogma Extra Eclesia Nulla Salus entre los años 1942 y 1953.

Como dice Gary Potter, prestigioso historiador y publicista, autor del apasionante libro After de Boston Heresy Case (Loreto Publications, Fitzwilliam, NH, 2011 ), que sirve de base a nuestro artículo, “ el americanismo en la persona de John Courtney Murray no podría haber tenido éxito o haber tenido éxito tan prontamente como lo tuvo si el Padre Leonard Feeney no hubiera sido aplastado diez años antes del Vaticano II, como desgraciadamente lo fue.

 

III

La Universidad de Harvard en Cambridge, Massachussets, era entonces —como hoy- un semillero de secularismo, laicismo y relativismo (desde sus inicios puritanos en 1636 y luego unitarios en 1817, a la adopción en 1878 de una política liberal estricta —“non denominational”). Por lo cual la emprendedora señora Catherine Clarke, católica, casada, madre de dos hijos adoptados, nacida en Boston, decidió abrir en 1940, en una esquina a pocos metros de la Universidad, una biblioteca que se convirtiera en un espacio de reunión y apostolado, en el cual los estudiantes no católicos pudieran encontrarse con estudiantes católicos y aprender de ellos las enseñanzas de la Iglesia. Se prestaban libros y se organizaban conferencias y cursos de latín, filosofía, literatura e historia de la Iglesia. El Centro tenía una identidad laica, y total independencia de la Universidad de Harvard (bastión hasta el día de hoy de la cultura liberal WASP: white anglosaxon protestant) y del Arzobispado de Boston. A poco andar el Centro creció y se hizo necesaria la presencia de un director espiritual para los jóvenes. Para lo cual la Sra. Clarke, eficaz y encantadora administradora, solicitó la colaboración del Padre Leonard Feeney, SJ, quien residía en Nueva York, donde era el Editor responsable de la famosa revista America de la compañía de Jesús en los Estados Unidos. En dicha revista escribían personalidades de la época, como T.S. Eliott, Sinclair Lewis, Fulton Sheen, y Jacques Martitain, quien durante su visita a los Estados Unidos le pidió al P. Feeney que fuera su director espiritual, lo que éste no aceptó, sin conocerse al día de hoy las razones, aunque se presume que había intuido la línea modernista que arrancando en la Lammenais terminaba en Maritain, y generaba, no obstante la cordial relación, un abismo entre ambos.

El Padre Feeney, nacido en Lynn, Massachussets, en 1897, tenía sangre irlandesa y española, era un reconocido poeta, publicista, predicador y conferenciante, con un fino sentido del humor (lo llamaban “el Chesterton norteamericano”) y también era un destacado teólogo (según el P. Mc Eleney, SJ, Provincial de los Jesuitas, Feeney era el “más importante teólogo de los Estados Unidos”). Con los debidos permisos de la Compañía de Jesús y la mediación del Arzobispo de Boston, Mons Richard Cushing, el Padre Feeney dejó todas sus actividades en Nueva York y se radicó en 1942 en Boston para colaborar con la incipiente obra en el Saint Benedict Center, situado en la planta baja del local de una ex mueblería en un edificio que todavía hoy existe en las calles Bow y Arrow, a través del río Charles en Boston.

La influencia cultural y religiosa católica en aquellos días era posible por dos razones: los católicos tenían identidad propia que los distinguía y su aceptación social era creciente.

En el espacio público de Boston llamado Common, frente a la Casa del Estado de Massachusetts (State House), el Padre Feeney comenzó a predicar y en torno a él se reunían multitudes —de las cuales no era infrecuente que surgieran insultos y agresiones-. Consciente de que muchos obispos buscaban “americanizar” la Iglesia católica en lugar de bautizar a los Estados Unidos, centró su fogosa prédica en la defensa del dogma católico Extra Eclessiam nulla salus (“fuera de la Iglesia no hay salvación”) cuyo desplazamiento facilitaba la penetración de la Iglesia por el liberalismo, el americanismo y el catolicismo liberal ( ). Estos se infiltraban en la Iglesia a través de un falso espíritu de apertura (broadmindedness) luego llamado “ecumenismo”. Así el P. Feeney despertaba el fervor de la Fe en un creciente número de jóvenes estudiantes de Harvard, Radcliffe College y el M.I.T, que se entregaban al amor a Cristo y a la Madre de Dios, Mediadora de todas la Gracias.

Por aquellos años las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki tuvieron un enorme impacto entre los miembros del Saint Benedic Center, quienes se preguntaban “por qué los obispos de los Estados Unidos no condenaban tamaño acto anticristiano”, y si “era posible que los obispos fueran más norteamericanos que católicos”.

El Centro publicaba libros, organizaba cursos y tenía su periódico From the Housetops. Desde ahí la Sra. Clarke escribirá: Alguien tiene que decir la verdad antes de que sea tarde. El inequívoco, ineluctable mensaje de Jesucristo debe ser anunciado de nuevo al mundo. No sólo presentarlo. Debe ser proclamado de viva voz porque el mundo esta adormecido, ensordecido. Sabemos que es casi imposible difundir la verdad sin que alguien se ofenda. Le pasó a Jesús con los fariseos y con los saduceos (los libre pensadores de su tiempo) quienes privaban a los niños judíos de su innato derecho a conocer la doctrina revelada. En un contexto en el que se detectaba la creciente secularización de la educación católica, el Centro creció. Al poco tiempo (29 de junio de 1949) logró acreditación en la ciudad de Cambridge para poder funcionar también como “College” universitario y ofrecer cursos de acreditación para la obtención de títulos BA, MA y Ph D ( ). La prédica “desde los tejados” se hacía sentir de modo creciente y los frutos eran conversiones de jóvenes piadosos y decididos –muchos veteranos de la guerra-, algunos de los cuales provenían de familias adineradas protestantes o liberales. En Harvard también solían cursar seminaristas y sacerdotes católicos que permanecían tranquilamente callados ante las blasfemias y los errores teológicos o filosóficos que ahí se enseñaban (la filosofía de Hegel, la psicología de Freud, la sociología de Marx). El Padre Feeney prohibió que los jesuitas que exhibían tales conductas irenistas, se acercaran al Centro. Esto sucedía tres años antes que el P. Feeney fuera expulsado de la Companía de Jesús.

Al principio el Centro era frecuentado y apoyado con reconocimiento y gratitud por el Arzobispo Cushing (que había sido compañero de escuela del P. Feeney) y por el Obispo auxiliar John Wright (que había intentado infructuosamente ingresar a la Compañía de Jesús) . Pero las cosas se fueron complicando.

El primer síntoma de la tormenta que se iba formando fue en ocasión de la publicación en From the Housetops de dos artículos: uno del Padre Feeney “Sentimiento y Emoción” que sirvió de base a otro de un miembro del Centro llamado Fakri Maluf, Ph D, “Teología Sentimental”. En él el joven Dr Maluff explicitaba la doctrina de Extra Eclessiam nulla salus y denunciaba: hay hoy día un modo sentimental de pensar sobre cuestiones religiosas; …. mucho de lo que los católicos dicen y enseñan hoy está en directa contradicción con el Magisterio Auténtico de la Iglesia. Se está mellando las afiladas armas de Cristo. Y se ocultan las viriles doctrinas de la Iglesia en una verdadera conspiración del silencio… ahogándolas en una ola de liberalismo… y sentimentalismo… incompatibles con la Fe católica: “Salvación mediante la sinceridad”, “ No juzgar”, “No perturbar la buena fe de los no creyentes”, “se falta a la Caridad hablando del Infierno o sugiriendo que alguien puede ir a parar ahí”; “¿no es la Fe un don?”, y “el bautismo de deseo?. Estas frases y slogans, agregaba, “no me preocupan tanto en cuanto se los puede encontrar en un tratado de teología sino en cuanto buscan habituarnos a un modo práctico de pensar y a un sistema cerrado de ideas listo para justificar cualquier acto de cobardía e infidelidad a la Iglesia”.

En otro artículo la Sra Clarke rechazaba el erróneo principio en el que se fundaba el “ecumenismo” (llamado entonces “movimiento interreligioso”) que dice: “las cosas sobre las que estamos de acuerdo son mucho más importantes que aquellas que nos diferencian”. En una ocasión el Padre Feeney había dicho al respecto: “Un encuentro interreligioso es aquel en el que un rabino judío que no cree en la Divinidad de Cristo, se junta con un pastor protestante que duda y un sacerdote católico que decide olvidarlo todo”.

En el artículo “Teología Liberal y Salvación” otro joven miembro del Centro, Raymond Karan, escribía: estamos asistiendo en nuestra época a una terrible deserción de la palabra de Cristo. Infectadas de liberalismo, las mentes de innumerables católicos ceden a los maestros del error y de la herejía, se minimiza la importancia del dogma y de la unidad católica, se distorsiona el significado de la Caridad, transmutando esa sublime virtud sobrenatural en una sombra de sentimentalismo. (En otro documento clave de esta historia el mismo Karan, en consulta con el Padre Feeney, escribió “Respuesta a un liberal” en el cual sintetizaba la posición del Saint Benedic Center).

En The Point, otro órgano de prensa mensual del Centro, en el que se abordaban más directamente algunos temas, no se dejaba de tratar la cuestión judía y cómo su influencia contribuía a convertir la sociedad cristiana en cosa del pasado “ex-cristiana”. (Hoy hablar de este tema, o insinuar la menor crítica, no sólo es políticamente incorrecto sino que está virtualmente prohibido).

La publicación en From the Housetops de un artículo de la influyente católica Clare Booth Luce demoró la censura y la reacción arzobispal.

El Centro contaba con importantes mecenas y miembros como el Archiduque Rudolph von Hasburg y el Conde Edmund Czernin.

Dijimos antes que el Centro crecía y por aquellos años se registraron las conversiones de más de doscientos jóvenes por obra de la prédica y la dirección espiritual del Padre Feeney, algunas como la de Temple Morgan (hoy monje benedictino) cuya abuela era la heredera de la fortuna de John Jacob Astor. (Avery Dulles, hijo del Secretario de Estado Foster Dulles, estuvo entre los miembros fundadores del Centro; luego se ordenó sacerdote jesuita y más adelante fue hecho Cardenal.) No obstante, hubo también algunas expulsiones notorias: fue el caso del joven Robert Kennedy, de la influyente familia de Boston. Muchos de los estudiantes del Centro provenían de China, Japón, India, Sud América, México, Filipinas, Costa rica, Puerto Rico y Trinidad Tobago. También muchas de los conversos del P. Feeney eran de origen judío.

Otro hecho muy importante en el crecimiento de la obra de Catherine Clarke y del Padre Feeney había sido la fundación (el 17 de enero de 1949) de la Orden Esclavas del Inmaculado Corazón de María (MICM) inspirados en la Devoción a María de San Luis María Grignon de Montfort y la obra de William Thomas Walsh Our Lady of Fatima, que también crecería rápidamente hasta el día de hoy. El carisma era doble: la devoción que les daba el nombre y la defensa de la doctrina Extra Eclessiam nulla Salus.

El Centro hacía oír vigorosamente la verdad católica y esto según el Arzobispo de Boston Richard Cushing era inconveniente e “inoportuno”. No era el momento de esa prédica. En particular el núcleo central del apostolado del P. Feeney: Extra eclessiam nulla salus, pues  constituía un desafío directo al “americanismo” de buena parte del episcopado norteamericano. Comenzaron entonces a circular rumores de que el Centro sería cerrado.

Los miembros del Centro se movilizaron y pidieron entrevistas con el Arzobispo Cushing y con el obispo auxiliar J. Wright, de las cuales salieron perturbados por la mendacidad e hipocresía que descubrían. Comenzaría entonces un duro calvario de calumnias, persecuciones y falsas acusaciones para los miembros del Saint Benedict Center y sus familias. La peor de todas era la de “herejes”. Una perversa y paradojal inversión de roles por parte de los tributarios y difusores de la herejía americanista. El “ladrón” gritaba “al ladrón”.

Un tridente acechaba al P. Feeney: por un lado el Provincial de los Jesuitas, (“más interesado en el prestigio social y el bienestar de la Compañía de Jesús que en la Gloria de Dios y la preservación de la Fe), impulsado a su vez por el Arzobispo Cushing, funcional al americanismo del episcopado, el recurso del Obispo al Santo Oficio.

En el Centro sus integrantes se formularon entonces la pregunta siguiente: ¿Cómo puede un católico perteneciente a la jerarquía de la Iglesia ordenada por la Providencia, justificar su desobediencia a un superior? La respuesta la daba santo Tomás de Aquino en la Summa Theologica, Secunda Secundae, Cuestión 104, artículo 5 en la que luego de distinguir tres tipos de obediencia, concluye: (Hechos, 5: 29) ‘Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres’. A veces lo que un superior manda puede contradecir a Dios. Luego, los superiores no deben ser obedecidos en todas las cosas.

El proceso fue largo y doloroso. Una carta del Santo Oficio de dudosa autenticidad no asentada en las Actas. La expulsión del P. Feeney de la Companía de Jesús. Y una excomunión firmada por el notario del Santo Oficio ante la negativa del Padre Feeney a comparecer en Roma si antes no se le daba cuenta de los cargos que se le imputaban. El Padre Feeney se rehusaba en conciencia a colaborar en la destrucción de su misión.

Luego de la Carta del Santo Oficio condenatoria del Saint Benedict Center del 27 de julio de 1949 —Protocolo Nº 122/49-, publicada por el Arzobispado de Boston en su órgano de prensa, The Pilot (pero nunca asentada en las Actae Apostolici Sedis , el “Boletín Oficial” de la Santa Sede) se difunde el 21 de agosto de 1950 la Carta Encíclica Humani Generi del Papa Pío XII en la que, contradictoriamente, se recoge una frase textual del Padre Feeney (“algunos reducen a una fórmula sin sentido la necesidad de pertenecer a la Verdadera Iglesia a fin de obtener la Salvación”). Es interesante destacar que para la misma época que Pío XII creara varios cardenales norteamericanos, no dio el capelo cardenalicio al Arzobispo Cushing, quien sólo lo recibirá de SS Juan XXIII en diciembre de 1958.

Los miembros del Centro lucharon infatigablemente para hacerse oír –y acusaron al Arzobispo Cushing de herejía conforme al Canon 1325 del Código de Derecho Canónico. En particular, abogaron –sin éxito- para que SS Pío XII se pronunciara ex-cathedra sobre la cuestión.

Finalmente el padre Feeney fue excomulgado el 13 de febrero de 1953. Su excomunión fue por desobediencia y no por herejía. Se lo condenó pero no se le dio respuesta. También se lo expulsó de la Compañía de Jesús. En 1975 se levantó la excomunión sin pedido de retractación alguna. El P. Feeney falleció en 1978.

El Saint Benedict Center atravesó tiempos difíciles pero permaneció fiel a su carisma y se expandió –ya libre de censuras gracias a la intervención de Cardenal Arzobispo Medeiros y el Obispo Flanagan— en ocho ramas localizadas en distintas ciudades de los Estados Unidos todas las cuales sostienen estrictamente el dogma Extra Eclessiam Nulla Salus. Tres son religiosos y religiosas contemplativos según la regla de San Benito y las otras dedicadas a un apostolado más activo (con publicaciones, colegios, lucha provida y “piqueteo” frente a las clínicas abortistas y testimonio del Evangelio en el debate público). Como dato interesante se puede mencionar que en la Casa Santa Teresita que es la base de la Abadía Benedictina en Still River, Massachusetts, hay a la entrada una colección de más de 600 reliquias de primer orden reunidas por el P. Feeney (de Santa Ana y San Joaquín, de los apóstoles, de los Padres y Doctores de la Iglesia y de todos los santos canonizados que llevan el nombre de María en el propio).

 

Conclusión

La larga y concienzuda investigación de Gary Potter en una abundante variedad de fuentes (aunque los archivos de la Compañía de Jesús y del Arzobispado de Boston sobre el caso– significativamente– aún permanecen cerrados) documenta pormenorizadamente todos los hechos, circunstancias, cuestiones y argumentaciones teológicas, así como la actuación de los personajes involucrados en el Caso de la Herejía de Boston. Es decir, el grave problema del americanismo modernista que agita el vórtice de la crisis actual de la Iglesia y el caos del mundo contemporáneo.

Bella Vista, 31 de julio de 2016

Fiesta de San Ignacio de Loyola

 

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