Primera Bienaventuranza – “Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”

PRIMERA BIENAVENTURANZA
“FELICES LOS POBRES DE ESPÍRITU,
PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS”

“Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo,
el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre
a fin de enriqueceros con su pobreza”
(2 Corintios 8,9)

1. Jesús es el pobre de espíritu

Pobres de espíritu. ¿Cómo entender esta expresión? Si llamamos pobre de dinero al que no es dueño ni puede disponer de dinero; pobre de espíritu será aquél que no es dueño de su propio espíritu ni puede disponer de su propia vida. Es esto precisamente lo que, como veremos, enseña Jesús con su propio ejemplo. Y lo que Pablo imita de él y nos propone imitar. Sólo que a menudo el pobre de dinero lo es contra su voluntad. Mientras que Jesús es pobre de espíritu voluntariamente. Él no quiere disponer de sí mismo a su antojo, sino que sólo se comprende a sí mismo en la pertenencia amorosa al Padre y como enviado por el Padre a una misión.

Jesús, que era pobre de espíritu siempre y en todo, se muestra notoriamente como tal en el Huerto de los Olivos y en la Cruz. En el Huerto: cuando dice “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Mateo 26, 42). Y más claramente aún en la Cruz, cuando dice: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu” (Lucas 23, 46) después de decir lo cual: “Dando un gran grito, expiró” (Mateo27, 50). Y más explícitamente: “inclinando la cabeza entregó su Espíritu” (Juan 19, 30).

Esto nos muestra que Jesús no se consideró dueño de su espíritu, es decir, de su vida. No dispuso de ella a su antojo. Se la devolvió al Padre, porque reconocía que todo lo que era y tenía, todo lo que hacía y decía, le venía del Padre. Del Padre lo había recibido todo; y lo seguía recibiendo y lo recibiría eternamente todo. Del Padre se recibía a sí mismo, tanto por generación eterna como por encarnación temporal y por vida humana resucitada.

Por último, Jesús es pobre de espíritu, porque lo que Jesucristo ha recibido del Padre, tampoco se lo guarda para sí: lo da por nosotros. En este desapego de sí mismo hasta la renuncia al propio derecho por caridad con los demás, se expresa la pobreza de Espíritu, de la que Jesús es el Maestro, y de la que nos ofrece ser bienaventurados participantes.

San Pablo describe en su carta a los Filipenses esta bienaventuranza con que se abraza el Hijo eterno de Dios al hacerse hombre y despojarse de sí mismo; motivo por el cual el Padre le entrega el Reino.

a) A Jesús por haberse hecho el pobre de espíritu…

“Tengan la misma forma de pensar que Cristo Jesús: quien, a pesar de ser Dios en forma humana, no se adueñó, como si fuera suya, de su condición divina, sino que se anonadó a sí mismo y asumió una condición de esclavo. Y haciéndose semejante a los hombres y pasando por un hombre cualquiera, se hizo pequeño, hecho obediente hasta la muerte, hasta la muerte de cruz.

b) …Su Padre le entregó el Reino

Por eso (!) Dios lo exaltó y lo agració con el nombre que está sobre todo nombre, para que, ante el nombre de Jesús, toda rodilla se doble, en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”. (Filipenses 2,6-11)

 

2 La pobreza de espíritu: no vivir para sí mismo sino para el Padre

1) El Hijo de Dios hecho hombre no quiso hacer valer su condición divina, renunció al culto que le era debido por su naturaleza divina, pasó por un hombre cualquiera, no reclamó ni exigió honores que le eran debidos, renunció a sus derechos, se hizo pequeño, humilde. Pero no sólo eso, sino que renunció a ser el dueño, el planificador y realizador de su propia vida humana; y al final de ella, la entregó al Padre, de quien la había recibido al recibir también la muerte de las manos de quien le diera la vida.

2) En efecto. Jesucristo recibió del Padre hasta aquellos episodios de su vida que él no quería, pero aceptó porque eran voluntad del Padre. Se abrazó con una muerte infamante, tras haber padecido calumnias y juicios injustos. Siendo inocente pasó por criminal. Teniendo a su disposición legiones de ángeles, permitió que fueran avasallados sus derechos. Es que Él, Hijo eterno, se hizo hombre para ejecutar una misión del Padre. Jesús le dio gloria al Padre con su humillación, y se la da con la exaltación con que lo agracia el Padre, haciendo reconocer su señorío y dándole el Reino; una dignidad que es reconocida en los cielos, la tierra y los infiernos. En una palabra: por ser pobre de espíritu le pertenece y se le entrega el Reino de los Cielos.

 

3 La pobreza de espíritu funda la renuncia al propio derecho por caridad con los demás

3) Esta pobreza de espíritu, este reconocimiento de ser engendrados continuamente por el amor del Padre y de no pertenecerse, sino de pertenecer al Padre, y estar en el ser con una misión del Padre, es un principio y fundamento de la sabiduría cristiana de la vida.

4) Los que no tienen necesidad de ser dueños de sí mismos porque están seguros del amor del Padre, resultan, por eso mismo, capacitados por el Espíritu Santo para renunciar voluntariamente y por caridad, a sí mismos y a sus propios derechos, a la propia gloria y a la propia vida.

5) Por esto puede renunciar san Pablo voluntariamente al derecho que tienen los apóstoles de ser alimentados por la comunidad: “Nadie me privará de mi gloria (…) ¿Cuál es mi recompensa? Predicar el evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio” (1 Corintios 9, 15.18 Ver también versículos 4 al 6, 12. 15). San Pablo, imitando a Jesús que tomó condición de esclavo (Filipenses 2,7): “siendo libre de todos, – dice – me he hecho esclavo de todos” (1 Corintios 9, 19).

6) Por esto aconseja Pablo a aquellos cristianos que recurren, en busca de justicia, a los tribunales paganos, que sería mejor que renunciasen a sus derechos por caridad: “¿Por qué no prefieren más bien soportar la injusticia? ¿Por qué no se dejan más bien despojar?” (1 Corinitios 6,7).

7) Por eso invita Pablo a que renuncien a comer carne inmolada a los ídolos quienes lícitamente podrían comerla, para no escandalizar a los débiles: “si por un alimento tu hermano se entristece, tú no procedes ya según la caridad. ¡Que por tu comida no destruyas a aquél por quien murió Cristo” (Romanos 14,15).

 

4 “De ellos es el Reino de los Cielos”

8) ¿Qué quiere decir el Reino de los cielos? Es, ya desde ahora, la condición filial misma que tienen los que viven como hijos, los que confían en que el Padre les da y les dará todo, los que están interiormente en relación filial con Dios Padre. En el futuro será participación en la exaltación, glorificación y coronación del Hijo. A los que hayan vivido su misma interior vinculación obediente, como miembros del cuerpo místico del Hijo, el Padre los exaltará y lo agraciará con la participación en la condición gloriosa de su Cabeza, a quien pertenece el Reino y el Poder.

9) Así exaltará el Padre a todo el que no viva para sí mismo sino para el Padre: “Porque ninguno de vosotros vive para sí mismo (…) para el Señor vivimos” (Romanos 14, 7). A todo el que reconoce y acata el señorío y la realeza del Padre con corazón de hijo, le pertenece el Reino del Padre a título de herencia, como a hijo del Rey, como a príncipe heredero.

10) Los que en esta vida no vivieron para sí mismos sino para la gloria del Padre, seguirán recibiendo, eternamente, la vida, el amor del Padre que comenzaron a recibir aquí. La vida eterna es generación eterna; efusión de amor eterno recibido del Padre; es recíproco amor, en reconocimiento y alabanza.

11) A quien muestre esa fidelidad en lo poco terreno, lo harán Señor de lo mucho celestial. El que reciba humilde y alegremente lo poquito se le dará lo mucho: el Reino. “¡Bien, siervo bueno y fiel! Porque has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho, entra en el gozo de tu Señor” (Mateo 25, 21.23). La pobreza de espíritu tiene que ver con este recibirse gozosamente a sí mismo del Padre, desde esta vida, con el reconocimiento de no pertenecerse: “¿No sabéis que no os pertenecéis?” (1 Corintios 6,19).

12) Pobreza de espíritu de hijo es no vivir para sí mismo sino para el Padre. Aunque a uno puedan pertenecerle todas las cosas, uno mismo no se pertenece, sino que le pertenece a Cristo, por haber sido comprado al precio de su Sangre, y Cristo pertenece al Padre: “Todo es vuestro (…) vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1 Corintios 3, 21-23). Los que vivan como hijos, reinarán con el Hijo: “los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia (filial), reinarán en la vida por uno solo, por Jesucristo” (Romanos 5,17).

 

Sugerencias para la oración con la Primera Bienaventuranza:
Felices los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos

Me pongo en oración y le pido a Jesús que me ilumine acerca de mi estado en relación con la primera Bienaventuranza. Le pido al Espíritu Santo que me ilumine para comprender cómo la vivió Jesús. Y le pido al Padre que me engendre a imagen y semejanza de su Hijo Jesús, para que pueda vivirla como Él y pueda entrar en el Reino de los Hijos. Pueden ayudarme algunas preguntas como las que siguen. Pero recordaré que las Bienaventuranzas no son leyes o mandamientos, ni se trata de hacer un examen moral, sino de pedir conocimiento interno de mi estado espiritual de hijo con el fin de aumentar el deseo de glorificar al Padre con mi vida de hijo.

La Pobreza de Espíritu: ¿Tengo claro en qué consiste? ¿Tengo claro cómo la vivió Jesús y por qué es modelo de ella? ¿Soy consciente de que no me doy el ser a mí mismo, sino que lo recibo cada día del Padre, siempre y en cada momento”. ¡Padre! ¡Engéndrame hoy!? ¿Tengo un corazón de hijo? Es decir ¿me reconozco como un ser recibido de Otro? ¿Me recibo del Padre alegremente, con gratitud confiada y gozosa? ¿Puedo poner mi vida en su mano y reconocerla como suya? ¿O albergo desconfianza al Padre en mi corazón? ¿Temo que si me le entrego pueda hacer conmigo algo que yo no quiero? ¿Quiero por lo tanto ser dueño de mi espíritu, en vez de pobre de espíritu?

¿Cómo imito y sigo a Jesús en esa entrega total y confiada al Padre, que Él abrazó al encarnarse y al renunciar a todo reclamo de reconocimiento o de la gloria y del culto que le eran debidos en justicia por ser Dios? ¿Quiero tomar por maestro a ese Jesús? ¿Quiero que el Padre me haga capaz de esa renuncia?

¿Me defiendo con pensamientos, palabras, actitudes y silencios? ¿Busco a toda costa reconocimiento, poder, riqueza y honor? ¿Me doy cuenta que mis desemejanzas con Jesús el Hijo, en mi manera de pensar y de obrar, me excluye de la condición filial, del Reino de los Cielos, de la semejanza con el Hijo, del agrado del Padre y de la participación en su vida eterna y en su gloria? ¿Vivo con el gozo filial sabiendo que el Padre vela por mí y se goza viendo mi felicidad al alabarlo? ¿O vivo como siervo que cumple porque no le queda otra o por temor al Amo? ¿Me avengo a ocupar el último lugar como hizo y enseñó Jesús? ¿O por el contrario me pongo en primera fila por la queja, por reclamar, por tenerme demasiado en cuenta? ¿Pierdo la paz cuando me postergan, es decir cuando no soy yo el que elige el último lugar sino que son otros los que me lo asignan? ¿Reclamo mis derechos sin límites a mis reclamos? ¿Desearía poder renunciar a ellos por otro amor más grande que el amor a mí mismo? ¿Soy capaz de renunciar a mis derechos?

¿Estoy dispuesto a entregar mi vida al Padre cuando llegue el momento de mi muerte, reconociendo humildemente que de Él la he recibido y a Él le pertenece? ¿Confío plenamente en que si me ha concedido vivir como hijo en la tierra, Él me seguirá comunicando eterna y amorosamente su ser y su vida? ¿Busco huir de la vida con toda la cruz que ella comporta como seguidor de Jesús, laico o religioso? ¿Comparto sin darme cuenta el error del mundo que confunde felicidad con bienestar y temo al sufrimiento como si fuera opuesto y excluyera la Bienaventuranza y el Reino?

“De ellos es el reino de los cielos”. ¿Qué clase de espíritus motiva mi pensamiento del cielo?: ¿El deseo de contemplar la gloria del Padre, del encuentro con Jesús, que me amó y dio su vida por mí? ¿El deseo de la eterna gratitud y alabanza, de interceder juntamente con el Hijo por el mundo peregrino?

Si compruebo que no tengo en mí esas disposiciones no me afligiré ni desalentaré. Si encuentro en mí el deseo de tenerlas, ese deseo lo ha puesto allí el Padre para que se lo pida. Él me lo concederá infaliblemente. ¿Y si no me atrevo a pedirlo porque tengo miedo que me lo conceda? Le pediré que me exorcice en mí el miedo con su amor, porque la caridad filial perfecta exorciza el miedo (1 Juan 4,8)

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *