Tercera Bienaventuranza – Felices los que lloran, porque ellos serán consolados

TERCERA BIENAVENTURANZA
“Felices los que lloran, porque ellos serán consolados”

“¡Recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío!”
(Salmo 55, 9)
“Mi alma está triste hasta la muerte”
(Marcos 14, 34)
“Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo confortaba”
(Lucas 22,43)

 

Esta bienaventuranza, como la segunda, se encuentra también reflejada en las palabras de Jesús “Venid a mí todos los que estáis fatigados (kopiontes) y agobiados, y yo os daré descanso (anapáusin) (Mateo 11, 25‑30). En ambas bienaventuranzas se promete la paz del alma, el consuelo, el reposo y la fortaleza interior aún en medio de la aflicción.

 

3.1 El Llanto de Jesús

1) Las lágrimas a las que se refiere Jesús en esta Bienaventuranza, no son las del que llora sus pecados: las de Pedro (Mateo 26,75; Lucas 22,62). El modelo de las lágrimas bienaventuradas es Jesús. Y Jesús no lloró por sus propios pecados sino por los ajenos, especialmente por los de Jerusalén y de su propia casa y pueblo.

2) Si observamos cuándo llora Jesús y por qué está triste, comprenderemos mejor cuál es el llanto bienaventurado al que se refiere en la bienaventuranza. Aparte del episodio de la muerte de Lázaro, donde Jesús llora (Juan 11,35) y que nos lo muestra conmovido por su afecto de verdadero hombre y amigo, vemos a Jesús llorando sobre Jerusalén, conmovido por su amor de verdadero israelita pero también de verdadero Dios: “Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Si también tú conocieses en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita” (Lucas 19,41).

3) Jesús está llegando a Jerusalén para su Pasión y sabe lo que le espera, sin embargo, su corazón no está ocupado por su propia suerte sino por la de la ciudad que lo va a rechazar y por cuya salvación viene a ofrecerse. La carta a los Hebreos nos lo presenta como intercediendo con llanto y lágrimas por los pecadores: “El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente” (Hebreos 5,7).

4) Así se comprende la escena del Via Crucis: a las mujeres que lloran a su paso, al verlo cargado con su Cruz rumbo al calvario, les corrige el motivo del llanto, confiándoles lo que a él le aflige más que su propia Pasión: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá: dichosas las estériles y las entrañas que no engendraron y los pechos que no amamantaron. Y dirán a los montes: ¡caed sobre nosotros! Y a las colinas ¡cubridnos! Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?” (Lucas 23, 28‑31).

5) También vemos a Jesús triste y afligido hasta la muerte en su Agonía en el Huerto (Mateo 26, 36-46; Marcos 14, 32-42; Lucas 22, 40-46).

 

3.2 Los justos sufrientes

6) Los justos que lloran, los piadosos afligidos (penthountes), ya eran conocidos en el Antiguo Testamento que los llama: oniyyim, término cercano al que ya hemos visto anawim, pobres. Oniyyáh, designa la aflicción que produce la pobreza y el despojo de los inocentes que sólo tienen a Dios por defensor y a Él se acogen confiadamente pidiendo justicia en su inocencia avasallada.”Si quieres servir al Señor, prepara tu alma para la tribulación”… “porque en el fuego se purifica el oro y los que aman a Dios en el horno de la humillación” (Eclesiástico 2, 1.5). La historia de Ruth es un ejemplo de que los antepasados del Mesías fueron pobres y afligidos. [Puede verse el capítulo “Ungido contra Ungido” en nuestro libro: “Mujer: ¡por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia” Ed. Lumen, Bs. As., 1999]

7) En el Nuevo Testamento se trata primero de María y de los Apóstoles a los que la Pasión va a separar de Jesús y más tarde de los cristianos, que padecerán persecuciones hasta su venida gloriosa: “seréis odiados de todos por causa de mi nombre” (Marcos 13,13) “Llegará la hora en que todo el que os mate, pensará que da Culto a Dios” (Juan 16,2) “Pero cuando os lleven para entregaros no os preocupéis de qué vais a decir; sino hablad lo que se os comunique. Porque no seréis vosotros los que hablaréis sino el Espíritu Santo” (Marcos 13, 11).

 

3.3 El llanto de los discípulos  y la promesa del Consolador

8) En la última cena, Jesús le anuncia a los discípulos esta misma Bienaventuranza. Les advierte que llorarán pero les promete que serán consolados: “vosotros lloraréis y os afligiréis y el mundo se alegrará, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo” (Juan 16, 20) “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito, el Consolador, pero si me voy, os lo enviaré” (Juan 16,7).

9) Jesús enseña que la tristeza de los discípulos es santa en medio de lo gozos del mundo. La Iglesia y el mundo tienen gozos y tristezas opuestas. Y este hecho lo explicará Pablo: “La carne tiene apetitos contrarios al Espíritu y el Espíritu apetitos contrarios a la carne, como que entre sí son opuestos” (Gálatas 5, 17).

 

3.4 El llanto y consuelo de María

10) Esta tristeza santa de los discípulos, que desemboca en consuelo, fortaleza y gozo, es una tristeza propia de la Iglesia peregrina tiene su prototipo en la tristeza y consolación de María a los pies de la cruz.

11) Jesús, en la última cena, parece aludirla por adelantado cundo dice, hablando de la aflicción de los discípulos en términos que hacen pensar que ya preveía también la de su Madre: “la Mujer cuando da a luz está triste porque le ha llegado su hora, pero cuando el niño le ha nacido, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os podrá quitar vuestra alegría” (Juan 16, 21‑22).

12) “Al señalar a Juan desde la cruz y darlo como hijo a María: “Mujer ahí tiene a tu hijo”, Jesús se señala a sí mismo ante María, la remite a sí mismo, no tal como lo ve crucificado en su Hora, sino tal como lo debe ver glorificado en los suyos, en los que el Padre le ha dado como gloria que le pertenece. Y la remite a ella misma: no según su apariencia de Madre despojada de su único Hijo, humillada Madre del malhechor ajusticiado, sino según su verdad: primeriza de su Hijo verdadero, nacido en la estatura corporativa ‑inicial, es verdad, pero ya perfecta‑ de Hijo de Hombre.

13) María como nueva Eva, esposa del Mesías es constituida como Madre de una humanidad nueva de Hijos de Dios. El apelativo Mujer, que Jesús le da desde la Cruz, revela la identidad de María. Por un lado, la revela como la Nueva Eva que nace del costado del Nuevo Adán, abierto en la cruz por la lanza del soldado. Como nueva Eva ella celebra a los pies de la cruz un misterioso desposorio con el nuevo Adán, que la hace Esposa del Mesías en las Bodas del Cordero. Allí por fin, Jesús la hace y proclama madre, parturienta por los mismos dolores de la redención que fundan su título de corredentora. Madre de una nueva humanidad, de la cual Juan será el primogénito y el representante de todos los creyentes”. [Tomado de “La figura de María a través de los evangelistas” Ed. Paulinas, Bs. As. En Internet: http://ar.geocities.com/mariaevangelios/]

14) En medio de sus mismas lágrimas, María recibe el consuelo divino. La Espada atraviesa su alma, pero abre camino a todos hacia su corazón.

 

3.5 Ellos serán Consolados por Dios: llanto y consuelo de la Iglesia

15) A esta aflicción y llanto propia de la vida cristiana, que acompañará a los discípulos y que es propia de los hijos del Padre en un mundo que tiene por padre al demonio (Juan 8,44) se le promete el consuelo que da Dios mismo, enviando su Espíritu Santo.

16) “Serán consolados” se dice en griego paraklethésontai, del verbo parakaleo, consolar, que es la acción del Espíritu Santo “consolador”, o Paráclito.

17) Las promesas contenidas en las Bienaventuranzas son expresadas en voz pasiva: “serán consolados”, “se les dará”. Estas expresiones son modos de expresarse bíblicas, son hebraísmos reverenciales, que evitan, usando la voz pasiva, nombrar a Dios como agente de la acción, pero que hay que entender y traducir como: “Dios los consolará, el Padre, el Espíritu Santo consolador, los consolará”.

18) La consolación no es algo distinto del amor divino, sino la misma relación amorosa de los Hijos con el Padre, de los hermanos entre sí, es la comunión divino humana en la caridad. El gozo y la paz no son sino frutos de la caridad. Y es ese gozo de la caridad el que hace fuertes en la tribulación.

19) El Apocalipsis nos presenta la consolación definitiva y final como obra de Dios que se hace presente para consolar, y en cuya presencia amorosa consiste el gran consuelo para los que lo amaron:  “El Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Apocalipsis 7, 17). “Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios con ellos, será su Dios,. Y enjugará toda lágrima de sus ojos” (Apocalipsis 21, 3b‑4).

20) El paso de la aflicción al consuelo caracteriza los encuentros de los discípulos con Jesús resucitado. Así la Magdalena pasa de las lágrimas al gozo: “María estaba llorando fuera, junto al sepulcro”… “le dice Jesús: Mujer ¿por qué lloras?” … “le dice: María”… ella lo reconoce y le dice: Maestro mío” (Juan 20,11). “Los discípulos se alegraron de ver al Señor” (Juan 20,20). Y los de Emaús sentían que “estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras” (Lucas 24, 32). Lo que les explicaba Jesús con las Escrituras en la mano, era que el Mesías debía padecer todas esas cosas para entrar en su gloria. Es decir, la misma bienaventuranza y la misma promesa cumpliéndose, primero, en Jesús.

21) San Pablo da testimonio de la verdad de esta promesa: “Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones” (2 Cor 7, 4). “Y ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Colosenses 1,24). Sobre la huella de Pablo, son muchos los santos que apreciaron el sufrimiento: “Padecer o morir”

22) Reflexión: Considerar los motivos del llanto de Jesús y comparar con los motivos de mis llantos. ¿Cuáles son los motivos de su llanto y de los míos?

¡Asombra tanto amor y desprendimiento del Señor! Le doy gracias: ¡Qué bueno es alabarte Señor, y cantar a tu Nombre! ¡Alabar por la mañana tu misericordia, tu fidelidad por la noche! ¿Lloro más por mí que por los demás? ¿Me autocompadezco? ¿Me quejo? ¿Busco compasión? ¿Me complace que me compadezcan? Comparar mi celo apostólico con el celo de Jesús por la casa del Padre y por la suerte de su amada ciudad Jerusalén. Comparar su entrega por los demás con las veces que antepongo mi comodidad al bien de los prójimos. “Parece que no nos mueve a pena la multitud de almas que se lleva Satanás” (Sta.Teresa de  Jesús) ¿Cuánto me mueve y conmueve la gloria del Padre que desea tener su casa llena de hijos y cuánto hago  por ayudar al retorno de esos hijos? ¿Me aflijo por lo que se pierden los que no viven como Hijos?

 

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