Los Mandamientos – Capitulo II: El pecado y la misericordia

CAPITULO II: El pecado y la misericordia

 

Los dones preternaturales y el pecado original

Al crear al primer hombre a su imagen y semejanza, Dios le confirió dones extraordinarios, algunos muy por encima de la naturaleza humana: los sobrenaturales, que por la gracia divina lo tornaba participante de su propia naturaleza divina; y los preternaturales, comunes a la naturaleza de los ángeles, tales como la integridad, inmortalidad, impasibilidad, y también, perfecto dominio sobre los animales y sabiduría insigne.

El don de la integridad consiste en la total inmunidad de concupiscencia desordenada (desorden de deseo y las paisones). O sea, el primer hombre tenía su razón sometida a lo más elevado, Dios; su apetito sensitivo no poseía ningún movimiento desordenado. Él se alimentaba para conservar su propia vida y se unía a su mujer para propagar la especie y manifestar su amor, según el mandamiento del Señor: “Procread y multiplicaos” (Gen.I, 28). Este don removía del hombre todos los obstáculos de orden moral que pudiesen impedir la vida sobrenatural de la gracia.

Con el don de la inmortalidad, el hombre no sufriría la muerte -que es la disgregación de los diversos elementos de toda materia viva- y viviría algún tiempo en el Paraíso Terrestre, siendo trasladado al cielo (la visión de Dios y felicidad eterna), sin pasar por el terrible y doloroso transe de la muerte.

Al estar exento de todo dolor o sufrimiento del alma y del cuerpo por el don de la impasibilidadninguna perturbación espiritual o corporal podía alterar la perfecta felicidad natural de nuestros primeros padres en el Paraíso para que su unión con Dios pudiese desarrollarse en paz y tranquilidad.

El primer hombre creado en estado de inocencia dominaba perfectamente a los animales, pues las cosas inferiores obedecían las superiores. En virtud de ese privilegio preternatural, es decir los dones de los ángeles, el hombre actuaba como ministro de la Divina Providencia, haciendo que todos los seres irracionales, inferiores al hombre le obedeciesen como animales domésticos.

Además de esos dones comunes a toda la humanidad, Adán recibió, por ser el principio, maestro y cabeza de todo género humano, un intransferible y magnífico don: la Sabiduría y Ciencia excelentísimas.

Según Santo Tomás de Aquino, “como el primer hombre fue instituido en estado perfecto en cuanto al cuerpo, así también fue instituido en estado perfecto en cuanto al alma, y de esta manera poder luego instruir y gobernar a los otros seres” (Suma Teológica, q. 96, 1).

Como contrapartida a esos inmensos beneficios, fue presentada al hombre una prueba.

Debía él cumplir de modo excelente la ley divina, guiándose por las exigencias de la ley natural grabada en su corazón, y respetar una única norma concreta que Dios le diera: la prohibición de comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, plantada en el centro del Jardín del Edén (Gn 2, 9-17).

Nos narra la Sagrada Escritura cómo la serpiente (Lucifer) tentó a Eva, y como cayeron nuestros primeros padres y cómo fueron expulsados del Paraíso (Gn 3, 1-23).

Por eso dice San Agustín que una vez consumada la transgresión del precepto, en el mismo instante, destituida el alma de la gracia divina, se avergonzaron de la desnudez de su cuerpo, pues sintieron en su carne un movimiento de rebeldía, como pena correspondiente a su desobediencia.

Cuando la gracia abandonó el alma, desapareció la obediencia de las leyes del cuerpo a las del alma. El primer pecado fue una revuelta interna contra Dios, que rompió la sumisión de la razón a Dios y produjo la ruptura y desorden de las facultades inferiores.

Pero Dios, en su infinita misericordia, no le retiró los privilegios naturales: “Se contentó de despojarlos de los privilegios especiales que les había conferido, esto es, de los dones preternaturales.

Por lo tanto por el pecado original se perdieron para todo el género humano los dones de la integridad, impasibilidad e inmortalidad.

Pero, ¿por qué el pecado de Adán fue transmitido a todos sus descendientes?

Porque la justicia original fue un don de Dios para toda la naturaleza humana en la persona de Adán, como cabeza de toda la humanidad. Si solo Eva hubiese pecado, la naturaleza humana permanecería intacta y conservaría todos los privilegios. Así, por el pecado de Adán -pecado original- entró el mal al mundo, como afirma el Apóstol San Pablo: “Por un hombre entró el pecado al mundo, y por el pecado la muerte” (Rm 5,12).       

El pecado original abrió entre Dios y los hombres un abismo insuperable. Las puertas del Cielo se cerraron y el hombre solo podía ofrecer a Dios una reparación imperfecta de la ofensa cometida.

¿Estarían, entonces, los umbrales de la felicidad eterna irrevocablemente cerrados?

¡No! Den ninguna manera y asi lo certifican las palabras del Apóstol: “Donde abundó el pecado, superabundó la gracia” (Rm 5,20).

Dios en su infinita misericordia prometió el remedio para tal enfermedad y, en el tiempo previsto envió a Su Hijo Unigénito. “Oh feliz culpa que mereció tan gran Salvador” (Misal Romano, 2008, p.348).

El propio Creador se hizo criatura para, con una generosidad inefable, saldar nuestra deuda. El Hijo “haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fl 2, 8), restituyó al hombre la gracia perdida con el pecado y nos abrió las puertas del cielo.

 

Definición de pecado

El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes.

Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna” (S. Tomas de A. ST, 1-2, q. 71, a. 6). El pecado es una ofensa a Dios. Es una rebelión contra el amor de Dios en la cual pretendemos hacernos como dioses pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3, 5). San Agustín en su obra “La Ciudad de Dios” lo define de esta manera: “amor de sí hasta el desprecio de Dios”. El pecado aparta nuestro corazón del amor de Dios, rompe el vinculo vital y amistad con nuestro Creador. (Catic 1849-51).

 

Pecado mortal

El pecado mortal es toda falta grave a la ley de Dios, es decir cualquier infracción grave a uno de los 10 mandamientos de Dios.

El pecado mortal destruye. Es la muerte del alma.

El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Su consecuencia es la pérdida del principio vital que es la caridad en el corazón del hombre, aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. Dicho de otra manera, es la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia.

Podemos decir que si se prolonga en el tiempo es la muerte del alma ya que, si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios que se realiza ordinariamente en el sacramento de la reconciliación, causa la exclusión del Reino de Dios y la muerte eterna del infierno; en consecuencia, en nuestra libre albedrio a través de la voluntad tenemos la capacidad para decidir nuestro destino eterno.

Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones.

Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave, esto es cualquier falta grave a los 10 mandamientos.

Debe ser cometido con pleno conocimiento, implica un conocimiento del carácter pecaminoso del acto.

Debe ser con deliberado consentimiento, implica también un consentimiento suficientemente deliberado para ser una elección personal.

La ignorancia afectada y el endurecimiento del corazón no disminuyen, sino aumentan, el carácter voluntario del pecado. (cf Mc 3, 5-6; Lc 16, 19-31)

Por ignorancia afectada se entiende que teniendo la posibilidad de conocer la persona la rechaza para perseverar en el error o en algún mal propósito, vicio, etc. Es decir, si yo tengo la posibilidad cierta de conocer mas sobre la voluntad de Dios y la rechazo voluntaria y deliberadamente no solo no disminuye el carácter voluntario del pecado, sino que lo aumenta.

La ignorancia involuntaria puede disminuir, y aún excusar, la imputabilidad de una falta grave, pero se supone que nadie ignora los principios de la ley moral que están inscritos en la conciencia de todo hombre.

Los impulsos de la sensibilidad, las pasiones pueden igualmente reducir el carácter voluntario y libre de la falta, lo mismo que las presiones exteriores o los trastornos patológicos.

El pecado más grave es el que se comete por malicia, por elección deliberada del mal.

 

Pecado venial

Es pecado venial cuando se falta levemente a uno de los 10 mandamientos o cuando se desobedece a la ley moral en materia grave, pero sin pleno conocimiento o sin entero consentimiento.

El pecado venial debilita la caridad; entraña un afecto desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal. No obstante, el pecado venial no nos hace contrarios a la voluntad y la amistad divinas; no rompe la Alianza con Dios. Es humanamente reparable con la gracia de Dios. “No priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni, por tanto, de la bienaventuranza eterna”

 

Pecado contra el Espiritu Santo

“Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada” (Mc 3, 29; cf Mt 12, 32; Lc 12, 10).

El pecado contra el Espíritu Santo no es blasfemar o hablar mal contra El, sino que se refiere al endurecimiento del corazón al punto de rechazar la misericordia de Dios, de rechazar su perdón.

No es que Dios no lo quiera perdonar si no que respeta nuestra libre albedrio y si uno no pide y acepta el perdón, Dios no lo puede hacer contra nuestra voluntad.

 

 

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